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Estaba sentado en un escuálido banco sobre la calle principal del pequeño pueblo de Otocac. Pako y Sergio habían optado por dormir más cómodos, fueron entonces en busca de algún módico hotel. Yo, en cambio, había decidido probar las plazas del pueblo. Mi fiel compañera ya estaba entre mis manos y sus cuerdas no se hicieron esperar. No cantaba, sino que simplemente dejaba que la música me envolviera con su melodía. Abstraído en mis cavilaciones reflexionaba acerca de los vaivenes de la vida.

          No sé cuántos minutos transcurrieron, pero no fueron pocos, ni tampoco otros tantos. Un hombre, de aspecto corpulento y con una calvicie que dominaba toda su cabeza ,se acercó pausadamente. Su mano izquierda descansaba en el bolsillo del pantalón, la otra, sostenía un humeante cigarrillo. Se aproximaba con una andar sereno mientras las cuerdas de mi guitarra seguían sin interrumpir sus sinfonías. Se detuvo frente a mi e inhaló una buena pitada a su cigarrillo de liar. Me regaló una cordial sonrisa, dejando que el humo se escape, por entre sus labios, hacia el cielo. Seguidamente parafraseó un rápida oración de palabras, en su idioma, de las cuales no entendí absolutamente ninguna.

– I’m sorry, I don’t speak croatian. Do you speak english? – le pregunté, dejando la guitarra en silencio.
– Por supuesto. ¿Qué haces aquí? – preguntó en un inglés medianamente fluido y volviendo a sonreír.

Mientras le contaba de mi presencia en su pueblo, él me observaba atento, dándole de tanto en tanto alguna calada a su cigarrillo.

– Agarra todo y ven conmigo – dijo, arrojando el cigarro al suelo y estrechándome la mano. Mi nombre es Darko.

          No dude en hacerlo, inspiraba confianza. Darko es profesor de música en la única escuela de artes del pueblo. Aparqué mi bicicleta en una especie de patio general y nos introdujimos en su clase. Todos me miraban sorprendidos, preguntándose que hacía este extranjero entre ellos. Fui saludando uno a uno y en cuestión de segundos mi guitarra era una más entre sus instrumentos clásicos.

Al día siguiente los aguardaba una presentación con la orquesta, a la que fui invitado. Lo que iba a ser una noche sin techo, se convirtió en tres días llenos de amistad y música de la mano de Darko, Zvonomir, Ante, Sandy y todos los integrantes de la banda.

Efectivamente los ángeles existen y están entre nosotros.

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          Los domingos han sido elegidos, por la gran mayoría de las culturas, como el día oficial de descanso. Que mejor entonces, que después de la primer semana de pedaleo, tener como excusa un lluvioso domingo para no salir al camino. Buenas lecturas, escritura y música. Un apacible momento entre amigos, disfrutando cada uno de su espacio en perfecta armonía.

          A la mañana siguiente, con un radiante sol plasmado en el franco cielo celeste, salimos a la carretera, dejando a  Opatija tras de nosotros. Era una jornada calurosa. Mientras las aguas del Adriático acariciaban nuestras retinas, haciendo las subidas menos fatigosas, el húmedo olor a mar se impregnaba en la sudorosa piel.

          El repentino graznido de una gaviota  distrajo mi absorta mirada y mis pensamientos. La observé planear a lo alto, libre y sin preocupaciones, como Juan Salvador Gaviota quien se obsesionaba más por la pasión en las diferentes formas de volar que por la frenética búsqueda de alimento.

          En Brestova esperamos que un ferry nos depositara en la isla de Cres. Al llegar a Puerto los autos que la embarcación trasnportaba desaparecieron súbitamente, dejando un sendero solitario, misterioso y sugestivo con la luz del ocaso sobre nuestras ruedas.

          Amenazantes rayos y estridentes truenos se desplegaban en el vasto horizonte. Aquella imponente parafernalia nos acompañó durante el tiempo que duró el desayuno, e incluso una fina llovizna comenzó a caer. Pareciera como que el cielo esloveno quisiera retenernos más tiempo en sus tierras, pero viendo la impaciencia y exaltación de sus huéspedes por avanzar hacia la ignota Croacia, renunció rapidamente a su insistencia, dejando como rastro de su manto negro y tembloroso tan solo una capa fina de humedad sobre el pavimento.

          La frontera se extendía a pasos de sus nuevos visitantes. Pako y Sergio, por ser portadores del pasaporte bordó, avanzaron sin inconveniente. El pasaporte azul siempre conlleva alguna que otra incomodidad.

          El oficial de turno me esperaba con la mano fuera de la ventanilla y sin evidencia de un gesto amable. Entrego mi pasaporte y acto seguido me desprendo de mis gafas y el pañuelo que cubría mi cabeza para identificarme un poco más con la foto del documento. El oficial, con sobria expresión, da vuelta una y otra vez las páginas del pasaporte.

          – ¿Cuando entró a Eslovenia? – preguntó en un rústico inglés y sin mirarme a los ojos.

          Me acerqué un poco más para exlpicarle mi situación, reforzando mi palabra con la exhibición de la tarjeta verde andorrana que acredita mi condición de empleado temporal. Sin querer oir mas perorata, cerró el pasaporte y me señalizó el camino para que avance. Se nota que el mundo está en crisis que hasta la sonrisa cuesta regalar.

          En la aduana croata me recibio una mujer, que al igual que su anterior colega, no manifestó agrado por el forastero.

          – ¿Dónde esta la visa? – preguntó intimidatoriamente mientras hurgaba las hojas celestes.  

          – ¿Visa? No necesito visa para entrar a Croacia – contesté con seguridad.

          Se sorprendieron que apuntáramos llegar a Turquia en bicicleta. Un nuevo sello en el pasaporte. Bienvenido a Croacia. Hermosa y excitante es la sensación de atravezar fronteras por tierra.

          A los pocos kilómetros de estar pedaleando en tierras croatas una porción del adriático apareció frente a nuestros ojos. Como caballos que apuran su trote para volver al establo luego de una larga jornada, nosotros apuramos nuestras pedaleadas para llegar a sus costas. Gritos de algarabía acompañaron el constante descender.

          Me despojé de mis ropas transpiradas para intercambiarlas por el traje de baño y zambullirme en sus aguas heladas. Sentía como la sangre se revolucionaba por mis venas. Mientras esperábamos a Monika, la anfitriona que nos brindaría hospeaje en las costas de Opatija, un grupo de estudiantes bailó al ritmo de nuestras guitarras. Es por esta fusión de culturas que la amo tanto y no me molesta cargarla sobre mis espaldas por largo, largo tiempo.

          El dia que se habia despuntado nublado y lluvioso en las colinas eslovenas, se transformo en un día soleado y caluroso en las costas croatas.

          Por la noche, con las aguas del adriatico como testigo, dejamos que la musica nos acompane, junto con nuestras voces y las danzas de Monika y sus amigos.

          A pesar de que estaba acurrucado como una oruga dentro del saco de dormir, el frío se cernía cruelmente por todo mi cuerpo. Eran las 5 de la mañana y un cielo taciturno se apelmazaba en el firmamento. Esa noche mi refugio había sido una pequeña casita de madera donde los niños suelen jugar durante el día, abandonándola cuando las sombras de la noche se apoderan del lugar. Asomé mi rostro a la cruda realidad y, como un latigazo, el gélido ambiente me cacheteó. Necesite unos cuantos minutos para que la sangre de mis piernas reaccionaran ante tal hostilidad.

          Con la bicicleta lista y a la vera de la ruta. saboreé una barrita de cereales que ayudó a elevar la temperatura corporal. Al costado de la carretera reposaba el lago Bohinj, planchado como un espejo en aquella fría madrugada. Una fina bruma se elevaba desde sus aguas entrelazándose con las ramas de los árboles. Una mañana perfecta para contemplarla sentado alrededor de un fogón calentando mis pies. Pero, esta vez, sobre ellos solo tenía unas entumecidas y delgadas All Stars y unos pedales que aguardaban impacientes.

          Los primeros kilómetros fueron muy duros. Cualquier inclinación del terreno hacia abajo, hacía que un viento helado me congelara el cuerpo. El sol seguía en su lento amanecer, como no queriendo despertar. Sus rayos lamían las laderas de las montañas y algunos, muy tímidamente, acariciaban la carretera.

          Los campos invadidos por el rocío de la noche iban despidiendo su vapor al cielo. A lo lejos, y silencioso, un avión interrumpió el inmaculado cielo celeste con su blanca estela. Sin darme cuenta había comenzado a ascender la cuesta. Los músculos de las piernas empezaban a escocer y espesas gotas de sudor bajaban por mis sienes. Los kilómetros se sumaban imperceptiblemente mientras que el cantar de los pájaros alentaban mi marcha. Detrás del esfuerzo había sol y felicidad, el entorno de esa ruta solitaria, escoltada por un centenar de árboles, me hacían sentir parte de su hábitat.

          Un súbito apetito me recordó que mi cuerpo necesitaba energía. Disfruté entonces, en soledad, de otra deliciosa barrita de cereales. Mientras el físico se reconfortaba con el descanso, mi alma se regocijaba con la vida misma. Con sudor y constancia llegué al puerto de 1277 metros de altura. Sobre el horizonte los picos nevados de los Alpes julianos contemplaban mi dicha. Un tramo mas adelante llegó la recompensa a mi cansancio, el regalo de los Dioses. La infinita bajada que se desplegaba frente a mis ojos. Viento de libertad, velocidad, adrenalina y una enorme sonrisa dibujada en mi rostro. Todo el fatigoso andar quedó olvidado en las primeras pedaleadas de la pendiente y en sus serpenteantes curvas dejé grabados mis gritos de alegría.

          Frente a un valle de increíble belleza decidí reposar recostado sobre el césped disfrutando de los generosos rayos del sol y regalar un poco de mi música al cielo.

          Seducidos por una simple y sencilla postal de Bled decidimos torcer un poco la ruta, optando empezar el viaje hacia el lado opuesto. Hacia el sol poniente, hacia el Oeste.

          Alforjas listas. Bicicletas impacientes cual frenético toro en la víspera de un rodeo. Y ansias de salir a una ruta expectante de ser acariciada por nuestras emociones. Dejábamos las diurnas y solitarias calles de Ljubljana mientras un perezoso sol lamía nuestras últimas andadas, una cálida despedida y a la vez estimulante para enfrentar las primeras pedaleadas. Los deseos de pedalear me aceleraban el corazón, removiéndome los recuerdos de aquel primer viaje sobre ruedas.

          Una vez alejados de la urbe e inmersos en el vasto horizonte que ofrecía la ruta pude sentir como la sensación de libertad se me impregnaba en el rostro. El aire puro de la carretera me dibujaba una sonrisa imperturbable, trayéndome también consigo profundas sensaciones olfativas, desde las delicadas fragancias de un manto de flores, hasta los nauseabundos hedores de las reses.

          Con mucho esfuerzo llegamos a Bled, portadora de una belleza que emociona, esa misma que nos hizo olvidar de nuestro cansancio físico por los primeros duros 63 kilómetros recorridos. Las piernas pedían descanso. Todo nuestro cuerpo aclamaba una merecida tregua.

          Buscamos, entonces, cobijo en la solidaridad de los lugareños, quienes espontáneamente se mostraron muy gustosos por acoger a los recientes  forasteros, visiblemente agotados. Así pudimos desparramar las tiendas sobre una abandonada cancha de bádminton. Extenuado, pero con el alma dichosa, apacigüé mis ojos.

          La capital de Eslovenia nos sorprendía con su pequeño y elegante centro histórico, dividido por un angosto y esquelético afluente. A un lado, apostado sobre una pequeña elevación, se encuentra el aristocrático castillo de Ljubljana, quien vigila y protege la ciudad. En su orilla opuesta se genera una alegre y colorida rivera, donde la gente se reúne a disfrutar de charlas entre amigos, buenas lecturas al sol, embelesadas madres paseando con sus niños y algunos enamorados que se escabullen de las miradas de los mas curiosos. Así es como se vive la ciudad durante el día.

          Cuando cae el sol los transeúntes se mudan a los oscuros callejones de Metelkova, un barrio ‘Under’ donde extravagantes grafittis parecieran haber evadido la ley e invadieron la zona, atiborrándose los unos a los otros por ver quien se lleva mas miradas. Metelkova es una diminuta franja de la ciudad donde se centran un buen número de bares, mezclando todos los géneros musicales, desde los riffs del heavy metal hasta los sonidos hipnóticos del trance. Incluso, hubo algunos intentos frustrados de deleitarnos con un buen tango. Atraídos por esta diversidad de etnias urbanas dejamos nuestros cuerpos al vaivén de las melodías.

          Ljubljana nos daba así el primer empujón hacia esta aventura sobre ruedas.

          He pisado Barcelona muchas veces en mi vida. He transitado sus calles acompañado por todas las estaciones, crudos inviernos, calurosos veranos, lluviosos otoños y floreadas primaveras. También he recorrido su rincones a través de las enigmáticas líneas de “El Juego del Ángel” y de “La Sombra del viento”, escritas por Carlos Ruiz Zafón, quién nos lleva por una misteriosa Barcelona de engaños y desengaños.

          Sea como sea que haya pisado sus calzadas, Barcelona es hermosa y encantadora. Historias de encuentros y desencuentros. Una ciudad que fue testigo de comienzos y finales de temporadas andorranas, comienzos y finales de viajes increíbles, y hoy Martes 3 de Mayo del 2011 no es ninguna excepción. Me encuentro con dos amigos: Pako y Sergio. Somos tres almas en la búsqueda del sol naciente. En la interna búsqueda de uno mismo.

          Y así comienza esta épica aventura, dejando atrás una jubilosa Barcelona tras haber eliminado a su eterno rival, pero con algunas gotas caídas del cielo que nos dan las despedida hacia esta hazaña. Una aventura que se inicia en las ciudades occidentales y continúa por los caminos de oriente.